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Frente al Uno del Capitalismo el no-Todo de la emancipación

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Lacan emancipa, encore

Paloma Blanco

Paloma Blanco Díaz

Licenciada en Filosofía y Letras, Psicóloga especialista en Psicología Clínica. Psicoanalista, Miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP). Autora del libro Escrituras del indecible. De lo real y la letra en la experiencia analítica (Miguel Gómez Ediciones, 2015)

Freud descubrió y Lacan formalizó que el inconsciente se funda en la elucubración de saber (no-saber) que pretende otorgar una medida común, un sentido común, al goce. Para los dos sexos una sola significación, la fálica: (Φ,   ). En el lado derecho, el que correspondería a la significación del goce nítidamente femenino, un vacío de símbolo y sentido; es lo que conocemos como S (A/). Es decir, la significación fálica no cesa de no significar el goce femenino y justamente esta elucubración, este no cesar de no significar ese goce constituye el inconsciente mismo.

Si Freud descubre el inconsciente y su articulación falocéntrica, Lacan, a partir de Freud, va más allá, poniendo el acento en la significación ausente, en el inconsciente del goce femenino. Va más allá del inconsciente mismo, freudiano, falocéntrico, conduciéndolo hacia sus últimas consecuencias: un inconsciente real, que no cesa de no escribir el goce femenino. Es por ello que Lacan habla del inconsciente freudiano y el nuestro.

Lacan confirma lo que Freud ya intuyó, que la vía del goce fálico y su lógica es un callejón sin salida para elucidar el goce femenino, que no encaja en los parámetros del goce fálico. Que Lacan formalice lógica y epistémicamente la diferencia del goce femenino respecto a la lógica fálica, conducirá al psicoanálisis a una orientación que en Freud solo se apunta. Pero no únicamente al psicoanálisis, sino a la concepción misma de la feminidad, porque en términos históricos se trata de un planteamiento inédito.

Y es que aunque el goce fálico es un referente previo, el goce femenino no se agota en éste ni se organiza según las leyes edípicas. Un goce que escapa a la escritura, la representación, la cifra y la contabilidad, porque es una magnitud sin medida que no se deja apresar ni por el significante, ni por las identificaciones de géneros. El goce femenino no se define estrictamente en relación a lo masculino; está concernido por la significación fálica pero no cernido por ella en su especificidad de goce, puesto que esta significación no cesa de no escribir ese Otro goce.

Lacan formaliza la diferencia absoluta entre los goces, y demuestra que la significación y el sentido son siempre fálicos, regidos por una lógica del más o del menos, del tener o no tener, de la presencia o la ausencia, del todo o la excepción. Lacan da el empujón final y definitivo al tabú que pesaba sobre el goce femenino presente no sólo en la cultura occidental durante milenios para preservar al Pater, la descendencia y la propiedad, y de esta transgresión emerge la lógica del no-todo que es la que caracteriza a la posición femenina. Esta elucidación alumbra también la posibilidad de un nuevo lazo social inédito: ¿la posibilidad, tal vez, de una salida de discurso capitalista?

«Medir todo lo medible y hacer medible lo que no lo es» sigue siendo la máxima que preside el método científico determinado por la lógica fálica tal cual denotan las palabras de Galileo Galilei. Pero la presencia del goce femenino en el mundo es la objeción, el impedimento que hace imposible este universal ideal, ello ha tenido, y tiene, consecuencias históricas potentes, tanto para los hombres como para las mujeres.

La última enseñanza de Lacan demuestra que la falicización del goce es una estrategia de lo simbólico para olvidar la imposibilidad de la relación, la proporción sexual, para dar una salida al goce que no hace relación, imposible de gobernar, analizar y educar y que constituye la diferencia absoluta de cada mujer y de cada hombre.

Lo que la perspectiva psicoanalítica ofrece, la responsabilidad que implica el psicoanálisis para los que suscriben su orientación, es no olvidar y que ello tenga consecuencias, el hecho de que hay algo que las leyes del lenguaje no pueden conquistar, ni ordenar, ni medir pero que también se conmemora gracias a ellas. Hay algo real que no se puede cancelar ni medir, porque es refractario a lo simbólico, toda vez que es a partir de lo simbólico cómo se puede llegar a hacer la experiencia de esta imposibilidad, y eso es precisamente lo que el discurso capitalista pretende cancelar con la degradación y devaluación permanente del pensamiento y la palabra, así como la inflación de la contabilidad. Esta experiencia que el psicoanalista propone a la contemporaneidad, va más allá de cualquier terapéutica y hace estallar la burbuja en la que el discurso capitalista pretende cautivar a la subjetividad.

Muchos críticos de la cultura contemporánea estarían de acuerdo en caracterizar nuestra época como una involución intelectual y cultural, con un pensamiento tan retrógrado que es más bien prefreudiano. No es que Freud esté superado, es que el pensamiento contemporáneo ha retrocedido frente a los hallazgos de Freud. La tecnociencia hace equivaler el sujeto a la biología, ignorando la condición más esencial de la subjetividad, que es el anudamiento indisoluble de cuerpo y palabra.

La pretensión de una homogeneización del goce es uno de los efectos más devastadores del totalitarismo capitalista. El imperativo de lo «normal», «nor-male», la «norma-macho» como la llamaba Lacan, rige hoy el mundo. Y, una vez más, ello va particularmente en detrimento de las mujeres, es un atentado contra ellas, que además muchas de ellas sostienen, sin saber que así apoyan lo que denuncian, al disputar unívocamente ser como los hombres, alienándose a su misma lógica.

Las mujeres no somos como los hombres, porque no todo en nosotras goza únicamente como ellos. La innegable igualdad entre hombres y mujeres a nivel de dignidad y derechos civiles, no justifica ni implica la cancelación de las diferencias subjetivas, y el hecho que la diferencia absoluta que el cuerpo gozante de la mujer trae al mundo, es problemática tanto para los hombres como para las mujeres.

Esa normalidad, ese igual para todos y todas, que el capitalismo y el conductismo nos venden, es en sí misma un rechazo de lo femenino, de lo hetero, y consecuentemente el capitalismo despliega toda la artillería para alejar lo más posible a la mujer del goce que la concierne. Porque ¿qué réditos va a producir un goce que no está sujeto a la contabilidad, al sentido o al objeto? Y es que, por mas aparentemente infinito que sea el catalogo de ofertas que el discurso capitalista nos ofrece, siempre serán objetos, y el goce femenino no está regido por la ley del objeto.

El hecho de que no todo en cada sujeto en singular quede subsumido por la lógica fálica, suspende la pertinencia de la normalidad, de la «norma macho», como patrón de medida. Y actualiza, en cambio, la pertinencia de otra lógica, más inconsistente pero mucho más precisa, de lo más singular, que se convierte así en una valiosa herramienta frente al racismo, el machismo y la segregación. Una valiosa herramienta, tanto para hombres como para mujeres, para resistir al rechazo de lo femenino, rechazo que implica el rechazo de cualquier diferencia.

Por estas razones y por algunas más, pensar un futuro distinto, una salida de este falso lazo social que es el discurso capitalista, pasa por la lógica femenina que es no-toda fálica. Una lógica que implica y acoge, que no todo lo subsume al pensamiento, la razón, la medida, el sentido, la significación y la representación, que siempre son fálicos. Es en la defensa de esta diferencia absoluta en la que se sostiene un genuino igualitarismo.