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Frente al Uno del Capitalismo el no-Todo de la emancipación

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Emancipaciones lacanianas

Manuel Montalbán

Manuel Montalbán Peregrín

Profesor titular de antropología social de la Universidad de Málaga. Psicoanalista. Miembro de la ELP y de la AMP. Docente del ICF. Autor, entre otros, Comunidad e inconsciente, el psicoanálisis ante el hecho social (Miguel Gómez Editores, 2009).

Las relaciones entre psicoanálisis y marxismo remiten a una construcción conceptual tan amplia y compleja que, en muchas ocasiones, nos sentimos obligados a realizar toda una serie de aclaraciones previas a cualquier intervención. En una entrevista reciente, Jacques-Alain Miller[1] es preguntado sobre algunos signos perturbadores de nuestro tiempo: giro a la (extrema)derecha, Marx desaparece, Freud es duramente atacado. Miller responde a partir de sendas expresiones de Lacan en el Seminario 20, Aún, para referirse a lo imposible (“no cesa de no escribirse”) y lo necesario (“no cesa de escribirse”). Marx no cesa de desaparecer, y cada vez que el marxismo se intenta poner en acto se borra. Freud no cesa de ser atacado y, a cada ataque, el psicoanálisis, como síntoma, cesa de no escribirse. Mientras se les pretenda borrar o hacer objeto de críticas recurrentes, estarán vivos.

Ciertamente los intentos conciliadores entre marxismo y psicoanálisis se han sucedido a lo largo del siglo XX con resultados contradictorios y dispares, y bajo el predominio, en muchos casos, de lecturas superficiales e ideas prejuiciosas. Pero la inexistencia de síntesis satisfactorias ha propiciado recurrentemente el desarrollo de nuevos intentos de aproximación, siendo los más cercanos a nosotros derivados de las interpretaciones posmarxistas. Aquí es donde la enseñanza de Jacques Lacan representa un salto cualitativo en el debate contemporáneo sobre las lógicas de la emancipación.

Siguiendo a Jorge Alemán, podemos considerar a Lacan un “conservador subversivo”, adscripción que podría compartir con el propio Freud y Heidegger. Pero Lacan, a diferencia de la deriva posfreudiana, se confronta con el legado más incómodo del padre del psicoanálisis, incluso el llamado “pesimismo freudiano”, que se aleja de cualquier progresismo simplista. Mayoritariamente la retórica del hecho emancipatorio se ha sostenido en la idea de que el sujeto logrará liberarse de las coerciones exteriores que limitan su acceso al goce. Construir el oxímoron “izquierda lacaniana” obliga a definir nuevas herramientas para pensar la emancipación, sin referencia a sujetos históricos teleológicamente constituidos, ni a contradicciones dialécticas; sin recurrir a soluciones utópicas o a los lugares comunes de la narrativa revolucionaria que culmina en el advenimiento del «hombre nuevo», de la sociedad plena, sustentada en un simbólico inmunizado frente a las fracturas y dislocaciones propias de lo Real. No queda lejos de este punto de partida la distinción de Lacan, en el Seminario XX, Aún, impartido en el curso 1972-1973, entre revolución y subversión. Lacan, con el estilo irónico y epigramático que lo caracteriza, asimila la revolución a un movimiento circular, giratorio, que siempre está destinado a evocar el retorno: da igual quién ocupe el centro de rotación, la concepción del mundo seguirá siendo esférica. La subversión, afirma, «no está en haber cambiado el punto de rotación de lo que gira sino en haber sustituido un gira por un cae«[2].

No nos podemos conformar con el nexo que entre psicoanálisis y marxismo representaría afirmar que la tara subjetiva tiene como agente exclusivo al autoritarismo externo que miméticamente anida interiormente en forma de personalidad autoritaria y conformismo indolente. Es insuficiente, sobre todo en la era global del capitalismo financiero neoliberal que no es solo un sistema económico sino una operación radical de reconversión del discurso del amo con efectos vinculares y subjetivos hasta ahora desconocidos, pensar que la deconstrucción de esas instancias autoritarias aliviará el peso sobre el sujeto, permitiendo acciones y elecciones más libres. Freud mismo, en las líneas finales de “El Malestar en la Cultura”, se pregunta si el desarrollo, el progreso cultural, será suficiente para hacer frente a la pulsión de muerte: La clave del por qué las cosas son tan difíciles de cambiar, e incluso de que cambiarlo todo finalmente signifique que nada cambie, o que siempre corramos el riesgo del eterno retorno entrópico, o peor.

El advenimiento mismo del sujeto (como sujeto de discurso y lenguaje) es correlativo a la brecha ontológica que supone habitar en la incómoda bisagra entre la realidad y lo Real. No hay utopía que cure ese vacío constitutivo. Tendrán mucho éxito, y hoy en día es evidente, todas las proclamas que pretendan colmarlo, fijarlo a identificaciones, significantes, modos de gozar . El propio concepto de “goce” en Lacan es un término que incluye, en una suerte de anudamiento paradójico, tanto la libido (Eros) como la pulsión tanática.

Considero que este es un punto de partida inédito para la izquierda. Permite ir más allá de la crítica manifiesta al capitalismo neoliberal, como ideología que defiende el retraimiento del Estado de Bienestar, su desmantelamiento a favor del mercado, y da vía libre a las dinámicas automatizadas y autorreguladas del sistema financiero. Hay que añadir entonces que, en su estrategia de dominación, el neoliberalismo se constituye también en productor permanente de una nueva racionalidad hegemónica y un tipo de subjetividad correlativa: el sujeto neoliberal. Una subjetividad vinculada a la exigencia del ser emprendedor donde los haya, cuyas máximas son la competencia ilimitada, el éxito, el rendimiento, la excelencia, entregado a las correspondientes técnicas evaluadoras demostrativas, y acosado, también en su vivencia cotidiana por lo que lo excede, por la posibilidad de fracaso, sino por el traumatismo imprevisto que lo convierte en una víctima más de la sociedad de riesgo globalizado. Vehicula, como nunca, la instancia del superyó. La conciencia moral no se resuelve con la renuncia: el listón se pone cada vez más alto y el imperativo es el estándar inalcanzable de la experiencia vital.

¿Qué espacio entonces para el sujeto político? Esta cuestión se hace urgente, sobre todo teniendo en cuenta que estas “malas noticias” que nos trae el psicoanálisis relativizan la metáfora poder-expresión y dibujan a un “individuo” que parece estar, en principio, servido de antemano, poco interesado por el encuentro imprevisto que pueda surgir más allá de la relación fantasmática, suturante, de satisfacción-insatisfacción con su objeto, cualquiera que sea en el catálogo infinito. La mercantilización de la subjetividad es manifiesta incluso en las situaciones de miseria y exclusión más radicales. Esta primera pregunta lleva a otras: ¿Cómo se alcanza con estas premisas una emergencia hegemónica contranarrativa? ¿Qué puede producir, en la nomenclatura psicoanalítica, una vacilación de esta modalidad de protección fantasmática que el discurso capitalista ha colonizado?

De la lectura de Freud y de Lacan se derivan condiciones exigentes. Es necesaria la participación del sujeto, una interiorización, subjetivación del peligro, de la división, pues ningún encuentro, por brutal que pueda pensarse, se convierte en verdaderamente traumático sin la participación, la elección del sujeto. Aquí es donde hay que estar atento, por ejemplo, a una serie de propuestas para considerar las dificultades identitarias del sujeto, más que como déficit a colmar, como posibilidad original de transformación, a partir de una construcción contingente, parcial, que, como dirían Laclau y Mouffe, pueda converger en una cadena de equivalencias que nos devuelvan al campo desabonado de la construcción política. Es en ese sentido que Jorge Alemán apuesta por el término emancipación frente a revolución, más sobre-significado por la metafísica marxista. Una emancipación, que podríamos calificar de inspiración lacaniana, comprometida con la no exclusión de la diferencia absoluta y el no-saber como antídoto a la receta homogeneizadora. En definitiva, estar “dispuestos a pensar incluso en emergencias de la soledad que simplemente inscriban una huella, pero que de ningún modo pueden ser interpretadas como un paso que va a encadenarse a otro, y a otro…”[3].

Notas

[1] J.-A. Miller, Entrevista, Radio Lacan Nº179, 18 de abril de 2017, disponible en http://www.radiolacan.com/es/topic/968/3

[2] J. Lacan, (1981), El Seminario. Libro XX, Aún, Barcelona: Paidós, p. 56.

[3] J. Alemán, “Conservadores subversivos”, en Página 12, Domingo, 3 de agosto de 2014. Disponible en https://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/subnotas/9-69089-2014-08-03.html