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Frente al Uno del Capitalismo el no-Todo de la emancipación

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El ascenso del odio • #LacanEmancipa
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El ascenso del odio

Nora Merlin

Nora Merlín

Psicoanalista docente universitaria de la cátedra “Psicoanálisis Freud I” e investigadora de la UBA licenciada en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Ensayista y autora de varias publicaciones. Populismo y psicoanálisis (Letra Viva, 2014); y Colonización de la subjetividad.

El odio es más antiguo que la civilización, la novedad consiste en su ascenso, junto con el avance mundial del neoliberalismo, al cenit de la esfera global. Ambos se retroalimentan y desarrollan un verdadero bullying social que estimula una violencia psicológica, verbal, material y física contra determinados sectores de una comunidad. El desarrollo tecnológico permite que el odio-pasión se difumine por las redes, whatsapps y medios de comunicación, como un veneno contagioso que se entrama en los múltiples aspectos de la vida social.

El neoliberalismo, nueva forma de totalitarismo, ganó terreno a través del uso instrumental del odio, un derivado pulsional capaz de debilitar democracias y destituir gobiernos bajo el modo de golpes institucionales. El poder judicial y los medios de comunicación concentrados son los principales agentes encargados de inocularlo, avanzando en lo que se constituye en una cruzada antidemocrática.

 

Demandas sociales de mano dura, orden y seguridad

El Estado neoliberal deja de ser proteccionista y se transforma en policial, por   lo que precisa construir un consenso social que demande mano dura, represión, orden y seguridad. El poder alimenta ideales de racismo, xenofobia y machismo, estimulando un sadismo extremo hacia los “otros” que luego justifica la represión y la violencia. Promueve el odio expresado como desprecio al pueblo y sus líderes, convierte el conflicto político en una lucha entre corruptos y decentes, degradando la democracia a una guerra entre dos bandos enemigos. Junto con el odio instala un clima de inseguridad y un sistema de creencias que funcionan como certezas, a fuerza de la repetición de imágenes-signos que no se dialectizan. La imposición que realiza el poder es invisible, la repetición se expande por contagio e identificación formando el sentido común. El resultado es una sociedad colonizada que repite holofrases con un significado congelado, un rebaño asustado que obedece los deseos del amo demandando mano dura y orden.

El sentido común no es la voluntad popular: las demandas instaladas por los medios de comunicación no surgen del campo popular ni se significan políticamente en un entramado horizontal de diferencias. Sin embargo, una vez instaladas en lo social, es necesario otorgarles la dignidad y el derecho que merece cualquier demanda de entrar en la cadena articulatoria. Es preciso escucharlas y no rechazarlas por su lógica de aparición: corrupción, orden, etc. son significantes flotantes, pueden estar de un lado o del otro de la frontera hegemónica que divide lo social. Incluirlas implicará su resignificación política junto a otras demandas populistas, produciendo un pasaje del sentido común a una voluntad popular. Desestimarlas supone que permanezcan como signos con significados congelados, cediéndole al poder una ficticia honestidad que lo engrosa, con el riesgo de perder esa batalla cultural y debilitar la construcción popular.

 

Lo rechazado se odia

En Freud el odio tiene un origen pulsional, nace de una repulsa primitiva que traza las fronteras entre exterior e interior. Lo perturbante, lo displacentero, se expulsa al exterior y se constituye como objeto odiado. No se trata de la preexistencia de un objeto al que luego se odia, sino que lo rechazado funda el objeto odiado. La mezcla pulsional de Eros y Thánatos se satisface como erotismo de la denigración y la injuria, recayendo sobre el objeto odiado.

El neoliberalismo, forma actual del capitalismo, conforma un todo cerrado que funciona como un dispositivo de segregación, cuyo fundamento consiste en el rechazo a cualquier forma de gozar que sea distinta a la “propia, única y verdadera”. Un goce Otro resulta insoportable, es rechazado, luego secundariamente surge en el espacio de lo segregado el objeto odiado al que se intenta destruir.

 

Lo segregado: el resto y el deseo de emancipación

Resulta necesario diferenciar dos dimensiones de lo segregado y odiado. Por una parte, las exclusiones que produce el neoliberalismo, los que “no entran”, los más vulnerables, los desocupados, los inmigrantes, etc., que resultan asociados a pobreza, delincuencia, vagancia, etc. La otra dimensión es la que causa la división ontológica de lo social: lo político, el deseo de emancipación que se expresa como una voluntad popular hegemónica, la emergencia del efecto pueblo que impide el cierre del sistema.

Una condición necesaria del sistema neoliberal es que el resto segregado esté siempre ocupado por los más débiles. Lo político, en cambio, es contingente, no es una esencia ni una potencia que surgirá como acto necesario por progreso dialéctico o agudización de la crisis del capitalismo. Dicho en otras palabras: no es del mismo orden de lo segregado ser la víctima o el resto que no cuenta, que la emergencia de lo político que descompleta el todo de manera instituyente, se opone y divide lo social entre el poder y una hegemonía que no cesa de construirse.

 

El odio social es signo de totalitarismo

El poder rechaza y demoniza la emergencia de la política por considerarla un peligro amenazante; se satisface con un odio antipolítico que, junto con el Estado policial, intenta dominar el resto rebelde e insumiso —el sujeto— por medio de la violencia y la instalación social de la angustia y el miedo. El odio a la democracia, como soberanía y gobierno del pueblo, no es otra cosa que impotencia política.

El neoliberalismo, fundamentado en la tiranía codiciosa de un poder totalitario y concentrado, pretende un goce absoluto sin distribución, al servicio de minorías privilegiadas. Se trata de un dispositivo que segrega y descarta mientras produce cultura de masas: un consenso social obediente y uniforme que toma consistencia en el odio, dispuesto a la ofrenda sacrificial de una parte segregada para beneficio de otra minoritaria. Una subjetividad que se satisface eliminando cruelmente a los indefensos y odiando con intolerancia a aquellos que no pertenecen a la ligazón. El aniquilamiento y la crueldad son formas del odio, subrogados de la pulsión de muerte dirigida al exterior.

Ante el ascenso del nazismo en septiembre de 1932, Albert Einstein escribe una carta a Freud en la que casi desesperadamente le pregunta si es posible poner a salvo al hombre del odio y la destructividad. Freud le responde que para el psicoanálisis el odio es una manifestación de la pulsión de muerte y serán inútiles los propósitos de eliminar las tendencias agresivas. Sin embargo, Freud propone dos recursos: la sublimación, desviar esas tendencias a punto tal que no necesiten buscar su expresión en el odio o la guerra, y apelar a Eros, pues todo aquello que establezca vínculos afectivos entre los hombres actúa contra la guerra. Así, en los orígenes de la humanidad, ante el poder concentrado del padre de la horda y la respuesta violenta del asesinato perpetrado por los hermanos, surgió la decisión colectiva de no repetir esa violencia. El contrato fraterno de la ley, que imparte prohibiciones y derechos, dio lugar a la comunidad; ambos, el derecho y la comunidad, surgieron como sublimación de la fuerza. Cuando los miembros de un grupo humano reconocen una comunidad de intereses, aparecen entre ellos vínculos afectivos, sentimientos gregarios que hacen posible la superación de la violencia a través de la comunidad organizada por el derecho. Freud advirtió también que la comunidad, conformada por vencedores y vencidos, amos y esclavos, no es estable. Los amos intentarán abandonar el derecho para imponer nuevamente el dominio de la violencia, los oprimidos querrán volver al derecho igual para todos. Las rebeliones, guerras civiles y renovadas violencias que se produzcan deberán ceder su lugar a un nuevo orden legal que conserve la comunidad, habrá que volver a pactarla todas las veces que haga falta. Finalmente, además de la sublimación, Freud apuesta al deseo como un límite al odio; afirma que “nos alzamos contra la guerra porque no podemos hacer otra cosa. Somos pacifistas por razones orgánicas y nos alzamos contra la guerra: simplemente porque no la soportamos más. (….) ¿Cuánto deberemos esperar hasta que también los demás se tornen pacifistas?”

La comunidad no cesa de destruirse y construirse. Todo indica que el odio neoliberal en ascenso es signo de que la cosa común ya no anda: siguiendo a Freud, es tiempo de volver a pactar lo social.